En la naturaleza todo se recicla: lo que sale de la tierra torna como excremento, hojas, cadáveres, etc. Un sinfín de descomponedores, desde el buitre, pasando por las lombrices hasta millones de microorganismos, cierran el ciclo manteniendo la fertilidad del suelo. Así son posibles prodigios de fertilidad como las selvas tropicales, situadas sobre tierras sumamente frágiles.

La mal llamada revolución verde de los años 50-60 y la teoría de Liebig de la nutrición mineral, media verdad que reducía la alimentación de las plantas a nitrógeno, fósforo y potasio ignorando la importancia de los oligoelementos y microorganismos, dio pie al desaforado desarrollo de la industria de los fertilizante químicos y al abandono progresivo de los abonos orgánicos.